Tres días en un templo budista: lo que allá nos calmó y colmó

Tres días en un templo budista: lo que allá nos calmó y colmó

De viajar uno se queda, muchas veces, con la oportunidad de conocer experiencias, que de otra manera, desde su sofa o desde su espacio de comfort no podría descubrir. Para lo bueno y para lo malo. Viajar es entrar en la clase de química dispuesto a descubrir e investigar reacciones desconocidas, pero sin un profesor que te marque los pasos. Solo que en esta ocasión tu eres el tubo de ensayo y las sustancias que mezclas las sufres en tus propias carnes. Nosotros vivimos la experiencia en un templo budista. Y aquí se relata…

Si añades una pizca de emoción y otra de libertad, más un presupuesto ajustado y no demasiada noción del tiempo, la mezcla puede ser explosiva. Puede ser una de esas pequeñas explosiones que te hagan reír hasta llorar o puede que sea la explosión peliculera que te hace pensar que la has liado mucho y las consecuencias pueden ser nefastas.

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Viajar es un banco de pruebas en el que se te permite improvisar y eso es lo que hicimos NU y YO volviendo de Mae Hong Son, un pueblito del que nos hablaron maravillas y luego no resultó ser tanto, aunque si sus alrededores. Y si viajar proporciona cosas gratas, entre ellas destaca la gente interesante que conoces por el camino. Es como una especie de guiño del viajero. Seres humanos, fuera de su espacio de comfort, en recónditos lugares en lo que no se te perdió nada más que la curiosidad y las ganas de vivir y conocer, nada más.

Una experiencia en un templo budista, casi por casualidad

Así conocimos a una española, Melisa, casi por casualidad pero con esa actitud cómplice de encontrarse tres patos en el desierto y preguntarse ¿para dónde tiramos? Y así ella nos contó que había estado en un monasterio budista durante diez días y que la experiencia fue potente, ni buena ni mala, pero si experimentable. Que ya basta de maniqueísmos! Y como el tema de la meditación vipassana y conocer la vida de un templo budista desde dentro entraba en nuestros planes, y nos pillaba de camino a nuestro siguiente destino, pues allá que marchamos el día siguiente. Lo que sucede en Tailandia es que, como en el resto de Asía, no puedes ir en autobús donde te plazca. Opción más deseada y económica: pues vamos a probar el auto stop. Y tan bien que nos funcionó: primero una pareja tailandesa con su bebe. Luego un joven tailandés llamado Rai fueron nuestros solidarios taxistas… Y por fin nos encontrábamos frente a las puertas del camino que conducía al templo que nos aguardaba los próximos días. Eso si, Nu y Yo, estábamos hambrientos y desconocíamos la dieta que en aquel lugar nos esperaba, pero teníamos nuestras sospechas… Así que unos tallarines callejeros tailandeses después, nos aventuramos a recorrer los dos kilómetros que nos separaban de ingresar por unos días en aquel templo budista cuyo nombre no viene al caso, pero si a alguien le interesa puedo indicar por FB.

Entre la curiosidad y la tranquilidad excesiva hay un finísimo abismo

Tras hacer el ingreso y conocer las numerosas normas del templo, que a continuación detallaremos, nos instalamos en dormitorios compartidos y separados por sexos, como no podía ser de otra manera. Nuestro kit de sueño era una esterilla, una almohada y una manta, que se quedaba corta pues el frío era intenso en aquel precioso lugar rodeado de montañas. Así que tuvimos que hacernos con otra manta más para poder conciliar el sueño. Desde las 20 h, debemos recluirnos en las habitaciones, para leer, meditar, hacer yoga. O simplemente dormir. Pero dormir no era tan mala opción pues debíamos despertar a las 5 o 5,30 h. para prepararnos y estar listos: tomar algún te caliente y reponedor y servir el desayuno a los ocho monjes budistas que custodian y allí moran el templo de forma permanente.

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Atardecer en el templo…

Entre las diferentes costumbres, o normas, o llámalas como quiera de un monje estricto, está el hecho de que solo pueden comer lo que les ofrecemos los discípulos o las personas ajenas a la orden budista. Al ciudadano de a pie nos referimos, nosotros, vamos. Se nos entrega un plato de arroz cocido y todos formamos en torno al hall principal del templo, que también es donde se ofician las ceremonias y se realizan las meditaciones colectivas. Todos sentados en el suelo o de rodillas esperamos que, al alba, tras unas hipnóticas campanadas los monjes desfilen frente al grupo de 50 o 60 occidentales que allí nos encontramos para servir una cuchara de arroz en la vasija de paja de cada uno de los ocho monjes.

La vida en un templo budista: una experiencia potente

Ya servidos nuestros anfitriones nos disponemos a desayunar y son las 7 h de la mañana. El energético desayuno es arroz con verduras en una salsa ligeramente picante que nos hace recordar que seguimos en Asía.

Y así empieza una jornada en la que las meditaciones se prolongas durante dos horas y media, aderezadas de mantras y cantos que inicia el monje líder (no se si es una expresión muy adecuada, pero para que nos entendamos…). Los occidentales que llegamos allí tenemos cada uno nuestro nivel de experiencia en la meditación. Desde el que jamás la ha practicado, o como los llama el monje líder, los “baby meditators”, hasta el que lleva años meditando de forma constante. O, como nosotros, los que la hemos practicado de forma ocasional pero sin demasiada constancia. Para los expertos puede ser un juego de niños, pero para nosotros y, más aún, para los que nunca lo hicieron, el tema de la postura puede ser una verdadera tortura que te hace entender esa máxima budista de que “la vida es sufrimiento. Son muchas horas en las que aprendes a que tu mente domine a tu cuerpo y que la incomodidad es una creación material de tu mente. Y en realidad es cierto. Pero es algo que lleva su tiempo y dos horas dan para mucho.

CAMERAEs cierto que de los tres turnos de ceremonia y meditación, de aproximadamente dos horas y media cada uno, se pueden hacer más o menos amenos si eres capaz de entrar en ese estado de semi incosciencía que requiere acercarte a un estado en el que simplemente estas, ya no eres tu como tal. Tu identidad se difumina y tu respiración es, no sólo, lo más preciado que tienes sino prácticamente lo único. De estos turnos de meditación destacamos uno en concreto: aquella meditación que se realiza andando a un ritmo prácticamente imposible de seguir en nuestra sociedad. Y lo decimos por su lentitud, siempre en términos relativos. Durante más de una hora se forma una fila en la que se ubica en primer lugar el monje líder, seguido por los chicos que allí nos encontramos y luego las chicas. Luego haremos mención a esta separación por sexos y a su orden. La dinámica consiste en rodear una karstica montaña en mitad de un paisaje espectacular y envuelto en una paz sublime que te hace entender, cuanto menos, que aquel lugar y estilo de vida solo pueda realizarse en tales condiciones. En si, la meditación requiere ubicarte tanto en el momento presente que, como dogma budista, solo existe el pensamiento y la intención de mover primero una pierna y después la otra. Y entre paso y paso transcurren unos segundos de plena consciencia en los que tomas dominio total de tu cuerpo y ningún otro pensamiento aletea por tu cabeza. Empiezas a entender de que va todo esto y es entonces cuando puedes esgrimir una sonrisa de satisfacción por haber llegado hasta aquí. Entiende entonces que significa vivir esta experiencia en un templo budista…

Pero ciertas dudas acuden a tu mente durante los momentos de tiempo libre, entre meditación y meditación. Durante ellos nadie te dice que hacer. Puedes leer, dormir o hacer tareas comunitarias como fregar platos o barrer los bellos jardines que rodean a las cabañas que ejercen de habitación. Y es, en esos momentos, en los que te preguntas porque la situación de la mujer esta en segundo plano aunque sus tareas y obligaciones sean las mismas. O por qué solo comemos dos veces al día: una a las 7 h. y otra a las 11h. Y nada más hasta el día siguiente (al menos oficialmente). O por qué en las ceremonias previas a las meditaciones, en los cantos y mantras, debemos postrarnos tres veces ante la figura de Buda si, en teoría, esto no es una religión y todos somos Buda. Luego tratas de responderte a algunas de estas cuestiones y acudes al maestro budista para que nos explique alegremente (son sumamente simpáticos y amables) que todo esto trata de evitarnos el sufrimiento que producen los apegos a la vida, Los deseos, el hambre, el sexo, las tentaciones. Es por eso que las mujeres no pueden tocar a los monjes y se nos requiere para que las parejas nos mantengamos alejadas durante nuestra estancia allí.

Y nuestra conclusión final es que el Budismo si es una filosofía o un estilo de vida. Y que sus valores son tan valiosos y armónicos como puedan ser los del cristianismo que predico Jesucristo pero luego no siguió la iglesia cristiana. Es cierto que el budismo parte de la humildad, del respeto a cualquier forma de vida (de ahí su dieta vegetariana). Y que los lideres espirituales budistas viven, aparentemente, en la misma humildad que sus discípulos. En definitiva, que los valores budistas son, y serían muy necesarios en nuestra sociedad, la occidental, en claro rumbo destructivo. Pero también es cierto que ciertas pautas o normas no terminan de cuadrarnos con lo que entendemos que Sidharta predicó en La India hace más de 2.500 años. Así que nos vamos del templo tras tres intensos días. Orgullosos de haber conocido desde dentro la vida en un templo budista, pero con algunas dudas que esperamos resolver en lo que nos queda de camino en este viaje.

Por lo pronto, si algo hemos entendido, aunque no aplicado del todo es que la enseñanza que los monjes quisieron trasmitirnos en el templo, sobre vivir única y exclusivamente en el momento presente, es de vital importancia para crecer como personas y para que ni el pasado nos angustie, ni el futuro nos inquiete. Pero si algo tenemos claro es que, en un templo como ese es mucho más fácil hacerlo. Y si, somos conscientes que esa paz debe venir siempre con nosotros aunque no siempre seamos capaces de recordarlo.




Autor de Plantarte- Periodista y coach en habilidades comunicativas. Formación en Psicología de la Comunicación y PNL. Dime que necesitas y luego averiguamos cómo gritarlo al mundo,

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